La última edición de Premios Lo Nuestro tuvo algo más que shows y talento: tuvo relato. En una misma noche convivieron la historia, la proyección internacional y la potencia generacional, con tres nombres que sintetizan ese recorrido: Paloma San Basilio, Ana Mena y Ángela Leiva.
El punto más alto llegó con el homenaje a Paloma, distinguida con el Premio a la Excelencia por sus 50 años de trayectoria. Más de 16 millones de discos vendidos y clásicos como Cariño Mío, Luna de Miel o Juntos respaldan un legado que no solo honra el pasado: sigue emocionando en el presente. Su discurso, atravesado por el orgullo de pertenecer a la comunidad hispana y latina, reforzó la idea de la música como identidad, unión y resistencia cultural. La ovación fue inmediata y el reconocimiento, histórico.
Pero la noche no se quedó en la nostalgia. En ese mismo escenario, la nueva generación dejó su huella. Ana Mena confirmó su consolidación internacional con una presencia magnética que la posiciona como una de las artistas europeas con mayor proyección en el mercado latino.
Desde Argentina, Ángela Leiva aportó la fuerza de la música popular y la representación de una escena que pisa cada vez más fuerte fuera de sus fronteras. Su encuentro en la alfombra roja con María Becerra se volvió viral y funcionó como símbolo de una camada femenina que ya juega en primera línea. El gesto fue breve, pero el mensaje claro: el talento argentino tiene proyección continental.
Mientras tanto, Paloma ya proyecta el próximo capítulo: el 12 de abril se presentará en el James L. Knight Center de Miami con el único concierto de despedida en Estados Unidos de su gira Gracias, una cita que promete ser tan emotiva como la gala que la homenajeó.
Los Premios Lo Nuestro 2026 dejaron una imagen contundente: la música latina se construye en continuidad. La leyenda que inspira, la artista que se expande y la voz que irrumpe con fuerza. Tres generaciones compartiendo una misma escena. Una industria que avanza con nombre de mujer.
